viernes, 26 de abril de 2013

Los Asirios


En el año 1345 a.C., el rey asirio Asur-Uballit escribía al faraón egipcio Amenofis IV: “estoy construyendo mi nuevo palacio. Mándame suficiente oro para decorarlo con propiedad. Solo me has regalado unos meros talentos. ¡No es suficiente para pagar los viajes de mis mensajeros! Si tu disposición a nuestra amistad es verdadera ¡envíame mucho mas oro! ¡Todo queda en familia! Dime lo que necesitas y yo te lo proporcionare”.


En la epístola, el rey asirio se dirigía al faraón como un igual, una especie de hermano al que se le podía exigir grandes cantidades del precioso metal, lo que no debió agradarle nada a Amenofis. La soberbia del monarca reflejaba su ambición por situar a su país en el mismo rango de poder del que gozaban civilizaciones como los babilonios, hititas y egipcios.   
Relieve de los Leones Alados 
Sin embargo, aun tuvieron que pasar cien años antes de que el rey Tukulti-Ninurta (1244-1208 a.C.) lograra consolidar a Asiria como una gran potencia militar y económica de su época, arrebatando a Babilonia grandes territorios de la baja Mesopotamia y a los hititas, su reino vasallo de Mitani.
En aquel entonces, las fronteras del imperio asirio alcanzaban por el norte el límite de la actual Turquía, gran parte de Siria y áreas muy amplias del sur de Irak. Su capital era Assur, la ciudad sagrada y sede da la divinidad homónima.
Aunque no hay muchos datos sobre la personalidad del dios Assur, los historiadores disponen de un valioso caudal de información sobre el funcionamiento del imperio de Tukulti-Ninurta y su poderoso ejército, una maquinaria bien equipada que estaba constituida por unidades de caballería, carros de combate y soldados armados con arcos y lanzas.
En una tablilla de barro desenterrada en Nínive, el monarca Tukulti-Ninurta alardeaba de sus cruentas hazañas bélicas: “llené con sus cadáveres las cuevas y acantilados de las montañas. Amontoné sus cadáveres, como pilas de granos, junto a sus puertas. Saqueé sus ciudades y las convertí en montañas de ruinas. Así me convertí en señor del extenso territorio de los qutu.”
La Biblia reflejó la belicosidad de un imperio que fue considerado por el pueblo judío como el más brutal y sanguinario sobre la faz de la Tierra. Los hebreos nunca olvidaron los innumerables ataques y deportaciones masivas que sufrieron a mano de los ejércitos asirios, ni tampoco perdonaron la crueldad del rey Sargón II, que en el siglo VIII a.C. destruyo Samaria, capital de Israel.
Si la caballería y las unidades de carro de combate asirios resultaban letales para sus enemigos, sus fuerzas de choque adiestradas para la toma de ciudades amuralladas eran las mejores de la época. Hace casi 3.500 años, su ejército utilizaba grandes torres de asalto montadas sobre plataformas con ruedas capaces de destruir las defensas mas solidas de aquellos tiempos.
Ilustración de la ciudad de Ninive
Un relieve de piedra caliza del palacio principal del rey Tiglat-Pileser III (747-727 a.C.) describe la captura por sus tropas de la ciudad turca de Ulpal. La terrible escena muestra a los lanceros asirios ascendiendo por largas escaleras apoyadas contra las murallas. A los pies de estas, grupos de soldados degüellan a los defensores de la plaza. En un segundo plano aparece una imponente torre de asalto y al fondo se aprecia un buen número de enemigos que han sido brutalmente empalados.
No más crueles que otros pueblos de su entorno
 Pese a la crudeza del relieve, cabe recordar que la violencia en el campo de batalla fue algo común en la antigüedad, una época en la que la vida humana valía poco. Muchos arqueólogos aseguran que los asirios no fueron más sanguinarios que otros pueblos del Oriente Próximo. Es cierto que eran unos guerreros feroces, pero también amaban las artes, la jardinería y la arquitectura.
El deseo de Tukulti-Ninurta de ampliar y remozar la antigua ciudad de Assur es buen ejemplo de ello. Además de reforzar las murallas que la protegían de los ataques enemigos, cuyo foso se amplió hasta alcanzar casi 20 metros de ancho, el monarca hizo construir palacios que engalanaron la capital del imperio. En aquel entonces, en torno al años 1230 a.C., Assur pasó a ser la metrópoli económica del mundo, la ciudad más cosmopolita del Oriente Próximo.
Los arqueólogos que han excavado sus restos encontraron numerosas tablillas de arcilla con textos escritos en caracteres cuneiformes que incluyen listas de reyes, relatos de grandes batallas, recetas para la elaboración de perfumes, manuales para la doma de caballos, catálogos de plantas medicinales y cuentos eróticos que narran los amores del dios Marduk (de origen babilónico) y la divina Ishtar, una relación que desato los celos de Zaparnitum, esposa del primero.
Recurrían a cualquier medio para predecir el futuro
 Los asirios practicaron complejas técnicas adivinatorias. Todo lo que abarcaba su universo, desde los planetas hasta las criaturas que se arrastran por la tierra, se interpretaba como un sistema codificado de mensajes sobre el futuro. Debido a las intrigas palaciegas, los monarcas tenían la costumbre de nombrar a un sustituto cuando pensaban que sus vidas estaban amenazadas, pero el peligro no solo venia de familiares insatisfechos o de otros grupos de desafecto. Los asirios creían que los eclipses lunares podían ser letales para la integridad física de sus monarcas. En las fechas poco propicias, los nobles elegían a un pobre hombre que debía ocupar el trono mientras el rey se ocultaba en el interior del palacio. Si los astros de la bóveda decidían que el monarca debía morir, nada mejor que engañarlos y ofrecerles la vida de un sustituto. El elegido debía morir al final de su falso reinado. No contento con estas medidas de seguridad, el rey Tukulti-Ninurta ordeno construir una ciudad a 3 km al norte de Assur para aislarse de los enemigos internos. El gobernante nunca pensó que su propio hijo lo asesinaría años después en su palacio.
Con el final de la antigua dinastía llego la edad oscura
 Para evitar el desmembramiento de Asiria, los herederos de Tukulti-Ninurta mantuvieron el territorio en un continuo estado de guerra, pero sus esfuerzos fueron infructuosos. Después de la muerte del último monarca de la antigua dinastía, Asur-Bel-Kala (1073-1056 a.C.), el imperio se desmorono y comenzó una “edad oscura” que duro varios siglos.
Asiria volvió a florecer como gran potencia regional bajo los reinados de Sanaquerib y Asurbanipal, de 705 a 612 a.C. Fueron casi cien años gloriosos en el que el imperio brillo con fuerza. Su nueva capital, Nínive, quedo bajo la protección de Ishtar, la diosa del amor y la guerra, cuyo rostro barbudo simbolizaba el poderío de aquel pueblo belicoso.
Apenas alcanzo el poder, Sanaquerib tuvo que dedicarse a fondo a terminar con las actividades guerrilleras de Marduk-Apla-Iddina, un hábil estratega que firmo una alianza con Babilonia para activar la resistencia contra el imperio asirio. En respuesta a la revuelta, Sanaquerib puso en el trono babilónico a su primogénito, Asur-Nadim-Sumí, que fue asesinado poco después.
Abatido por la muerte de su hijo, el monarca asirio reacciono con gran violencia. Su ejército tomó Babilonia, ejecutó a muchos habitantes e incendió sus palacios y templos. Es cierto que el señor de Nínive ordeno la mutilación y la muerte de miles de enemigos, pero lo mismo hicieron los monarcas de otros imperios antiguos. Además Sanaquerib tenía sus pequeñas debilidades. Mando a construir un palacio de “alegría, el amor y la felicidad” para dedicárselo a su esposa principal, la reina Tashmetum-Sharrat, “a quien la diosa Belet Ili había agraciado con una belleza que no fue concedido a ninguna mujer”. Este texto aparece en una inscripción grabada sobre la puerta principal de aquel fastuoso palacio.
Luego del asesinato de su primogénito, Sanaquerib designo como nuevo heredero al trono a su hijo Asaradón, una decisión que provoco el resentimiento de sus otros vástagos, que comenzaron a conspirar contra su padre. Ajeno a las intrigas familiares, el monarca concentro sus esfuerzos en la construcción de grandiosas obras hidráulicas que dotaron a Nínive de fabulosos jardines y extensos cañaverales donde vivían jabalíes, ciervos y todo tipo de pájaros. Con una población que rondaba los 120.000 habitantes, la capital asiria se convirtió en el centro neurálgico del imperio más poderoso de la época. Gracias a una inscripción desenterrada en el yacimiento de Nínive, se puede leer un texto milenario que muestra que muestra la magnificencia de aquella gran ciudad:”para que los campos floreciesen, abrí las montañas y el valle con picos de hierro y excave un canal. Yo, Sanaquerib, extendí Nínive, mi capital, amplié sus plazas y construí calles y avenidas tan iluminadas como el día”.
Ocupado en sus tareas de gobernante, el monarca no se percato de la conspiración palaciega que se estaba fraguando contra él y su sucesor Asaradón. Como consecuencia de ello, en 681 a.C., Sanaquerib fue asesinado en la entrada principal de su palacio. Los encargados de alejar los espíritus del mal, dos grandes toros alados de barba rizada que flanqueaban la puerta, poco pudieron hacer para preservar la vida del rey, pero la trama golpista fracasó. Con la ayuda de gran parte de la nobleza, Asaradón se enfrento a sus hermanos y logro afianzarse en el trono. En el año 671 a.C., un gran ejercito asirio escoltado por camelleros árabes, consiguió derrotar a las fuerzas del faraón egipcio Tharka y tomar la ciudad de Menfis, que fue saqueada sin piedad por los invasores. Aquella victoria alcanzo la inmortalidad gracias a una inscripción  que recoge las palabras de Asaradón:”yo puse sitio a Menfis y la conquisté en pocas horas por medio de túneles, brechas y escaleras de asalto; la destruí, derribé sus muros y la incendié. Su reina, su presunto heredero, sus otros hijos, sus posesiones, caballos, incontable ganado mayor y menor, los lleve como botín de guerra a Asiria”.
Una vez reforzado su dominio sobre Egipto, el monarca de Nínive decidió suavizar la presión sobre Babilonia, enemigos tradicional de Asiria; ordeno devolver a la capital los dioses que su padre Sanaquerib había secuestrado y facilito el regreso de los deportados babilónicos a su tierra natal. Asaradón era profundamente supersticioso, pero fue un rey precavido que supo granjearse apoyos para nombrar un heredero al trono. El elegido fue Asurbanipal, cuya coronación como rey de Asiria se produjo en 668 a.C.
Los ejércitos asirios
 Los cien años que Nínive domino el Oriente Próximo fue gracias a su poderosa fuerza militar. En la época de Senaquerib, el ejército se componía de varias unidades. En el primer lugar se encontraba la guardia personal del rey, que tenía al menos un cuerpo de carros de combate y otro de caballería. A estas dos unidades se sumaban otros cuerpos secundarios de guardias del palacio compuesto de caballería e infantería. El ejército regular, comandado por un eunuco, estaba formado por carros de combate, infantería (lanceros y arqueros) y una fuerza de demolición para la toma de ciudades. Las unidades étnicas se componen de hombres provenientes  de los países que fueron invadiendo los asirios. Durante el reinado de Senaquerib se organizo una       unidad de combate egipcia y otras con hombres de Elam, cuya capital, Susa, se encontraba en el territorio que hoy ocupa Irán. Con aquel ejercito bien pertrechado, el pequeño estado asirio domino a las naciones vecinas y transformo el mundo. 
Toma de Tebas y revueltas independentistas babilónicas
Su primera medida política fue volver a invadir Egipto y tomar la ciudad de Tebas, una operación militar que evito las interferencias egipcias en los territorios que actualmente ocupan Siria y Palestina. Sin embargo, Asurbanipal no pudo impedir que se desatasen nuevos disturbios en Babilonia, en este caso unas revueltas independentistas que posteriormente, resultaron letales para el imperio asirio.
Aunque fue un hombre cultivado que apreciaba la literatura y el arte, Asurbanipal ejerció el poder con una gran determinación no exenta de violencia y crueldad. Una pintura muestra al monarca descansando en el jardín de su palacio. A su lado aparece su mujer y un grupo de jóvenes que amenizan con sus canticos el placentero reposo del rey. Al fondo de la idílica composición se puede apreciar un árbol, de cuyas ramas pende la cabeza de un enemigo.
Durante el reinado de Asurbanipal, los artistas asirios mostraron una gran habilidad para representar de forma plástica las figuras que esculpían en sus extraordinarios bajos relieves, algunos de los cuales se puede admirar actualmente en el Museo Británico de Londres. Entre ellos se destaca el famoso de la cacería de los leones, que simbolizaba la protección que prestaba el monarca a sus súbditos ante la influencia de los espíritus malignos.
En aquellas celebraciones, que tenían lugar durante el festival de año nuevo, se soltaban 18 grandes felinos en un recinto vallado. El número de animales sacrificados correspondían a las puertas de acceso que tenia la ciudad de Nínive. Los caminos que partían de ella quedaban simbólicamente asegurados con la cacería ritual de leones.
Los trabajos de excavaciones arqueológicas han desenterrado numerosas tablillas de arcilla con escritos cuneiformes que nos brindan la posibilidad de escudriñar algunas de las consultas que hacían los oráculos de Nínive a sus dioses. En uno de ellos, se puede leer el siguiente texto:” ¿debe Asurbanipal, príncipe heredero del palacio sucesorio, beber esta droga que se encuentra anta tu gran divinidad? ¿Al beber esta droga él se recuperara y sanara? ¿Vivirá y se pondrá bien? ¿Se salvara y se librara?¿saldrá la enfermedad de su cuerpo?¿lo sabes gran divinidad?”. El legado más importante del reinado de Asurbanipal fue su colección de tablillas de arcilla, una especie de biblioteca que custodiaba toda la sabiduría acumulada del pueblo asirio durante siglos. Aquel tesoro documental fue descubierto en 1853 por Hormuzd Rassan, el arqueólogo nacido en Mosul, entonces parte del imperio otomano, que sucedió al ingles Layard en las excavaciones de Nínive.
Después de la muerte de Asurbanipal, todo el esplendor de Asiria se vino abajo como un castillo de naipes. En el año 614 a.C., un líder militar llamado Nabopolasar declaro la independencia de Babilonia y firmo un tratado con Ciaxares, rey de los medos, las tribus de origen nómada asentadas en el actual territorio de Irán. El objetivo de aquella alianza era atacar las principales ciudades asirias. La primera en caer fue Assur, cuya destrucción anuncio el final agónico de un imperio que había gobernado el mundo durante casi cien años gloriosos.
El final
 A continuación, los ejércitos babilónicos y medos sitiaron Nínive durante tres meses hasta que lograron desbordar sus murallas. Luego de una orgia de sangre y fuego, la ciudad fue saqueada y muchos de sus habitantes asesinados. En un gesto de aniquilación ritual y en venganza por la destrucción de Babilonia, Nabopolasar ordeno a sus hombres que inundasen a Nínive. Paradójicamente, los canales que había mandado a construir Sanaquerib para embellecer la ciudad fueron utilizados por sus enemigos para destruirla. De aquella fantástica urbe solo queda un vago recuerdo en las páginas de la Biblia. Los arqueólogos del siglo XIX la rescataron del olvido y los iraquíes la reconstruyeron con orgullo.
Hallazgos arqueológicos de Nínive
 En 1845, el aventurero y arqueólogo ingles Austen Henry Layard comenzó sus excavaciones en la colina de Nemrod. En aquel lugar, muy cercano a la actual ciudad iraquí de Mosul, encontró las ruinas de Nínive, la capital del imperio nuevo asirio, cuyo máximo esplendor correspondió a los reinados de Asurbanipal (668-626 a.C.). Entonces, Nínive era una urbe espectacular:”en la que los comerciantes eran más numerosos que las estrellas del cielo”, según se lee en una tabilla cuneiforme. En ese fabuloso yacimiento arqueológico, Layard desenterró los primeros relieves asirios, entre ellos los que representan reyes asirios sobre carros de combate. También localizo gigantescos toros y leones alados. Después de un reposo milenario, aquellas colosales figuras fueron transportadas por el rio Tigris para alcanzar el puerto donde fueron embarcadas con rumbo a Europa. Las esculturas viajaron por dos océanos, dieron vuelta a África y llegaron sanas y salvas al Museo Británico de Londres, donde actualmente pueden ser apreciadas.
El arqueólogo Hormuzd  Rassan, sucesor de Layard en el vasto yacimiento de Nínive, encontró unas placas de arcilla que contenían el Gilgamesh, la obra literaria más importante del mundo antiguo. Rassan envió aquellas extrañas placas repletas de signos cuneiformes a Londres, donde George Smith las descifro en 1872. Las tablas hablaban de Ut-Napisti, el antepasado común de todos los humanos. El y su familia fueron los únicos que lograron eludir la gran inundación que envió Dios para castigar a los hombres por sus graves pecados. Por orden divina, Ut-Napisti construyo un barco para salvar a sus parientes y a los animales elegidos. El desciframiento de Gilgamesh resulto contener una representación primitiva del Arca de Noé y el Diluvio Universal, que provoco un gran revuelo en la Inglaterra victoriana. El libro sagrado recogía más que solo leyendas, como la que describe el viaje de Jonás a la pecaminosa Nínive, una ciudad que durante siglos fue considerada mítica hasta que Layard la descubrió.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario